martes, 3 de abril de 2007

CUANDO EL CUERPO TE HACE MANITA DE PUERCO

Nunca tuve problemas de peso hasta que me vine a Europa. Y cuando no has tenido problemas de peso, no entiendes a quienes los tienen. Para no hacer el cuento largo, entre dejadas de fumar, dietas abandonadas y 2 años de postramiento en un sofá por culpa de mis pies, llegué a pesar 64 kgs. Esto es, 12 kilos más que mis 52 de toda mi vida adulta.

Lo primero que ataca el sobrepeso es a la vanidad. El primer golpe viene cuando ya no te queda la ropa que tienes. Vas a comprar nueva y cosas que a ojillo antes te quedaban pintadas, ahora no te entran. Así que el segundo golpe te viene cuando ya no sabes qué talla eres (antes tampoco lo sabías del todo, pero nunca te habías visto en la necesidad de saberlo, porque escogías a ojillo y todo te quedaba bien).

Con la primera dieta pasé mucho estrés, mucho mal genio y mucha frustración. Psicológicamente, las dietas tradicionales son como veneno: cuando llegas a tu límite empiezas a comer cosas “prohibidas” y lo de “pecar” tiene muchas repercusiones: “Te estás haciendo daño a ti misma”, “no te quieres”, “a nadie le gustas y no le vas a gustar a nadie si te sigues comiendo esta dona que, además, ni siquiera está tan buena”, etc. Sin fin de pensamientos horribles pasan por tu cabeza.

Como lo de bajar de peso se convierte en misión imposible, lo siguiente es “aprender a quererte”. Empiezas por compararte con las chicas que ves por la calle y que te llevan mucha ventaja en el sobrepeso. Al final, terminas agradeciendo a todas aquellas que se pasean con su profusión de carnes como si nada, porque a ti te hacen quedar muy bien. Y terminas por aceptar que, aunque no estás tan bien como quisieras, tampoco estás “tan mal”.

Pero cuando crees que la guerra ha terminado, tu cuerpo agarra y dice “De terminado nada, torda!!! Que estoy hecho una piltrafilla y tú no me haces ni puto caso!!!”. Es entonces cuando has empezado un largo round de esgrima, un tira y afloja, hasta que ves que te has quedado sin correas.

Yo, francamente, agradezco la manita de puerco que me hizo mi cuerpo (valga la cacofonía y el trabalenguas). Porque probablemente, al aprender a “quererme”, me hubiera dejado llevar aun más por la dejadez, y hubiera entrado en el club de aquellas que “levantan la moral” a quienes “no están tan mal”.

Los episodios de la guerra fueron:
1. Los pies. Espolones, fascitis plantar, plantillas, infiltraciones, cirugía, más infiltraciones, otras plantillas… Conclusión del último médico: “Perder peso le vendría muy bien a tus pies”. Conclusión de la que se quiere: “Pos es que no peye, oiga…”
2. La espalda. Dolor lumbar, pastillas, días sentada, más pastillas y círculo vicioso de “como no me puedo mover, no puedo cocinar, así que como precocinado”. Ergo, no te mueves, comes mal, subes de peso. Conclusión de la que se quiere: “Será que bajando de peso se me quita el dolor?”.
3. El sistema digestivo. Reflujos, agruras, dolor como de úlcera (que al final resultó ser “una herida” en el esófago –esofagitis-, producida por los reflujos constantes), y un montón de pruebas horribles. Conclusión del médico: hernia de hiato. No comas mucho y evita lo prohibido (lo de siempre: grasas, café, alcohol, tabaco… Y además: chocolate y menta ¿?) Bajando un par de kilitos se desaparecerá el problema, ya verás. Conclusión de la que se quiere: “Y sólo con un par de kilos se me va a quitar toda esta mie… ércoles por la tarde, oiga? Ni usté se lo creé, fíjese. Pero bueh! Ya veremus”. Ná. No hay manera de entrar en razón (y por ende, “en cintura” menos).
4. El páncreas. Tomas alcohol, te duele. No tomas, no te duele. Mere. Abstemia desde el 12 de enero, por culpa de un fuera de lugar de las amilasas.

Pues eso. Que ahora voy que chuto. En todas mis dietas, nunca había prescindido del alcohol. En esta ocasión, se conjuntó que retomé el programa más exitoso y llevadero que he hecho, en enero, y, sin el alcohol, he bajado de peso con una constancia asombrosa y sin hacer mucho ejercicio (porque los males 1 y 2, más otros que no vienen a cuento, no siempre lo permiten).

El caso es que, con un 10% menos de peso alcanzado, me siento increíblemente mejor. Respiro mejor, camino mejor (ya no me chicotean las piernas! Es un milagro!... Ejem. No, ni madres! Ni milagros ni leches!!! Que aquí ha habido un esfuerzo y una disciplina bastantes férreos!!!), y me ha dejado de doler casi todo.

De todo esto que seguro que a pocos interesa, se puede concluir que, en la mayoría de los casos, si el cuerpo no nos hace manita de puerco, nos dejamos llevar. Nos vamos por lo fácil, que es “aprender a querernos” y convertirnos en “una gordita feliz”, en lugar de intentar recobrar la salud, esa que no nos damos cuenta que hemos perdido, porque la pérdida se esconde debajo de nuestra piel.

Se supone que con este 10% he ganado mucha salud: menos riesgo de infartos, de trombos, menos colesterol (sólo una vez me ha salido fuera de rango, hace mucho), menos triglicéridos y más Omega 3. Pero no sólo he ganado en la salud que se manifiesta en los análisis, sino en la que se manifiesta en el ánimo. Ahora no me siento culpable por lo que como, porque lo hago de manera responsable. Mi cuerpo (y el programa dietético que sigo) me ha enseñado a disfrutar enormidad de cada manzana o de cada mandarina que me llevo a la boca, y a olvidarme de las croquetas que se me podrían estar antojando en ese momento. Y no es que tenga prohibidas las croquetas. Puedo comerlas si se me antojan. Pero es que como he aprendido lo que “vale” la comida, pues ahora las croquetas, la morcilla, el alcohol y todo aquello que los médicos “prohíben” a la mínima, se me antojan menos.

Finalmente, me siento agradecida de tantos males. Todos ellos, en equipo, me han evitado llegar a la obesidad y me han obligado a retomar el camino correcto. Voy a la mitad y lo que veo es que ya me queda muy poco por delante. Hoy escribo esto, no para que algunos se aburran, sino para que otros mediten un poco acerca de los males que tienen y se pregunten de qué precipicio los están alejando…

Un besito sano,
Suza.

P.D. Felices vacas!!! =)

5 Kalimotxos:

Yoko dijo...

Después de leerte con detenimiento me entran ganas de ponerme a dieta, jajajajajaja
Mi problema es exactamente el contrario. Ni cojo kilos ni a propósito y los pocos que consigo mantener se me van a la primera de cambio. Los disgustos me suelen costar entre dos y tres kilos, aunque en cierta ocasión un disgusto muy recurrente me costó diez kilitos.
En general, mi dieta perfecta es aquella que combina hidratos de carbono con ejercicio, generalmente bicicleta, porque la única manera que tengo de mantener algún kilito es en masa muscular, de la que por cierto me falta bastante también, jajajajajajaja.
Total, que cuando estoy en plena forma peso unos 69 kilos (toma ya qué número más de puta madre) y cuando me pongo a perder peso (juro que sin dejar de comer) he llegado a bajar de los 60, lo que tampoco es sano.
Besos y ánimo, que no te queda ná
Yoko

escale dijo...

Cosa curiosa ayer fuimos a Costco. Y en uno de los pasillos, ya para salir, nos encontramos una báscula...
Resulta que cuando 20 me alegraba cuando llegaba a los 55 kilos. Nunca fue mi preocupación, comí cuanto quise en cantidades y variedades. 10 años después la báscula se pone de acuerdo con el calendario: 63 kilos (cartera, celular y llaves incluidas). O sea que en estos 10 años poco a poco he ido escalando hasta los 60. Yo creo que este peso es un poco más normal pero aun así me sorprende ver la diferencia. Pero bueno, son los estragos de la felicidad, el comer bien y tomar mucha cerveza en el inmundo calor del verano en Los Cabos...
Un abrazo gordo!

Jamiroquina dijo...

Sí..a mí me has hecho reflexionar...desde que recuerde he tenido problemas con el sobrepeso que se convirtió en obesidad en la adolescencia...ahora me cuesta horrores mantenerme y lo paso fatal con este autocontrol permanente..de cuando en vez me sobrevienen etapas de dejadez y estoy sumida en una de ellas, la edad también influye..ya no me resulta tan "fácil" perder peso..controlo lo que como, hago ejercicio, pero los pantalones me quedan igual de "pretaos"...ays quizás me convendría no obsesionarme tanto...

xuspitin dijo...

Hola Zuna, me he decidido pegarle un vistazo a tu blog después de recibir tu visita en el mio.

Entre tu harmoniosa manera de escribir y la sinceridad de tus argumentos no he podido más que asentir cada linea que leia. Y creo que muchos nos hemos sentido como tú, atrapados en la fragorosa lucha de las almas racional y concupiscente.

Yo últimamente me he abandonado, comiendo sin reparos alimentos repletos de grasas. Entre eso y el dejar de fumar (llevo más de un año) he ganado mis 10 kilos. Pero el abandono ha sido voluntario. Durante el curso pasado, con una carga importante de examenes, sufrí algunos episodios de ansiedad.
Decidí tomarme las cosas con más calma, no exigirme tanto, y si engordaba por dejarme el tabaco pues más adelante lo intentaria remediar.
Ahora con más tranquilidad he empezado a comer bien y lo justo, y la verdad es que como te pasa a tí, noto los beneficios. Pero me sorprendo, a veces, con la mirada puesta en las chuletas de mi compañero de piso.

Un saludo zuna.

Pau dijo...

Buenas!!

Acabo de descubrir tu blog (Xuspitin, gracias!) y con lo de las dietas me he sentido identificada.

En tiempos, comía lo que quería y no engordaba ni un gramo, pero se me fue de las manos, así que me decidí a hacer una dieta, al principio, empecé con una ilusión tremenda, pero con el paso de los días ya ni podía mirar el plato de lechuga, pero bueno, lo conseguí, perdí 10 kilos. De esto hace ya un par de años, he recuperado algo, pero más o menos me sigo manteniendo como puedo. No lo puedo evitar, me encanta comer!

Un besico desde Zaragoza!

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