jueves, 5 de junio de 2008

ESTENOPEICAS



En la escuela donde estudio fotografía se acaba de realizar un concurso de fotos estenopeicas y participé con éstas dos que ven aquí arriba. Dudo mucho que gane nada, porque la competencia es muy fuerte. Hay gente que se lo ha currado mucho y he visto por ahí grandes fotografías.

Pero eso no quita que yo me sienta orgullosa de las mías. Tienen la distinción de ser mis dos únicos intentos. La mayoría hicieron un montón de fotos y muchas de ellas salieron mal. Así que para haber hecho sólo dos el último día y perdiendo el trasero, las mías no están nada mal.

Y, para quienes desconocen por completo el tema, a continuación la cátedra: Una cámara estenopeica es de fabricación casera. A una caja de cartón cualquiera (también se pueden fabricar con una lata, con la diferencia de que las fotos quedan un poco angulares) la pintamos de negro por dentro y le hacemos un orificio mediano tirando a pequeño, en el que se colocará un trozo de lata de refresco que se habrá horadado con una broca muy fina, recomendable 4 milímetros. Y ese pequeño agujerito es el que da nombre a la cámara, al ser denominado estenopo. Y dicho agujerito se cubre, a poder ser, con cinta aislante, ya que el color negro impide la entrada de la luz. Dicha cinta pasa a ser el obturador de nuestra cámara.

Después se hacen unas mediciones y se aplican un par de fórmulas para determinar el diafragma de la cámara, de manera que con la ayuda de una cámara réflex podemos calcular el tiempo idóneo de nuestra fotografía.

Para hacer la foto, simplemente hay que pegar un papel fotográfico en la tapa, colocarla apuntando hacia donde queremos, medir con la réflex y retirar la cinta aislante. Una vez que ha pasado el tiempo que según nosotros es el suficiente para que se imprima una imagen en el papel, colocamos de nuevo la cinta aislante y podemos proceder a revelar el papel.

En el caso de las fotos que aquí observamos, dicho papel presentaba una imagen en negativo. Así que ha sido escaneado y trabajado en Photoshop hasta llegar a la imagen actual.

Lo dicho. Este viernes se dará a conocer el veredicto del jurado y se hará una presentación digital de todas las fotos presentadas al concurso. Supongo que habrá correspondiente bebercio como acompañamiento a tan célebre ocasión.

Un besito a los que toman fotografías. Dos a quienes las comparten. =)

miércoles, 4 de junio de 2008

BRAZO DE SEÑORA POZOLERA

Mi primo Bola solía decir que le iba a quedar “brazo de señora pozolera” cuando hacía algún esfuerzo grande con un solo brazo. La señora pozolera es la que vende pozole y, curiosamente, suelen ser regordetas y con unos brazos, digamos, muy protuberantes.

El caso es que llevo desde el lunes con el brazo derecho así, debido al estreno de la Wii del sobrino de Juanjo, en Burgos. Un par de partidas al tennis me garantizaron las más grandes agujetas (no hay palabra que traduzca eso al mexicano. Se le llaman “agujetas” al dolor que se produce cuando haces mucho ejercicio) que he tenido nunca en el brazo derecho. Pesa como una tonelada y me impide hacer mis labores con normalidaT y, sobre todo, con diligencia.

Menos mal que el futbolito al final tuvo más éxito que la consola en cuestión. Al final parece que la tradición siempre vence a las nuevas tecnologías. Donde esté un futbolito que se quite todo lo demás. =)
Un besito a los que tienen futbolito. A los que tienen Wii ninguno, por díscolos y no invitar. >_<

domingo, 1 de junio de 2008

AMIGOS VERDADEROS




Como dejé entrever en mi anterior relato, mis nuevos amigos recorrieron un montón de kilómetros para verme y celebrar mi cumpleaños. Marbella, Málaga, Galicia, Murcia, Madrid y Santander se reunieron en Vitoria en un puente muy jugoso de mayo.

Para mí ya era un gran regalo que todos hicieran el esfuerzo de venir a pasar unos días juntos, pero los regalos fluyeron todo el fin de semana. La primera tarde, Nocturna me alegró la vida con un libro de cocina murciana. Pocas veces un regalo me ha hecho tanta ilusión y este año han sido todos como muy esmerados. Ya estrené el libro con unas sardinas al horno. Esa misma noche, en casa de Mer, picando un poco fluyeron otro par de regalos: un juego de cuchillos de buena casa, que también me hicieron brincar de gusto y que son obra y milagro de mi buen amigo Calavera, y una cadena de ovejitas que sirven para recoger unas cortinas que todavía no tenemos pero que algún día pondremos y que harán que Mer brille con luz propia.

Algunos con mucho aguante hicimos al día siguiente una visita a las obras de la
Catedral de Vitoria y por la noche hubo cena en un céntrico y tradicional restaurante. Y ahí fluyeron más regalos, esta vez grupales: un juego de cojines y un par de mantas a juego, todo de “mi color” (el morado y todas sus variantes). Y también un rebaño de ovejitas de la Botica de la Abuela.

Todos los regalos me hicieron muchísima ilusión. Pero más que por los regalos en sí, por la atención que todos pusieron al conseguirlos. Porque es evidente que me conocen y que no hicieron regalos por compromiso, sino por gusto. De verdad que da un gusto enorme ver tanto cariño y tanta atención.

De Santander llegaron unas pulseritas de cuero con perlitas para todas, pero reservaron la de “mi color” para mí (el resto se rifaron).
Hubo canciones, risas, problemas con mi súpergrifotérmico con el que más de alguno invirtió muchos minutos intentando averiguar cómo funciona, mucha comida… Pero, sobre todo, hubo mucho cariño y complicidad.


Y así estoy ahora llena de cosas que me recuerdan que gente de toda España me quiere y que todos ellos son capaces de viajar un montón de kilómetros nomás para celebrar un día que es importante para mí. Y entonces vivo en directo el verdadero sentido y significado de la amistad. Somos un grupo grande y todos tenemos nuestras vidas y estamos liados y ocupados. Pero estamos ahí y lo sabemos. Todos para todos. Cuando alguno está de bajón los otros salimos al quite para subirle un poco el ánimo.

Cada vez que nos reunimos nunca sabemos cuándo será la próxima vez, aunque siempre hay varias ideas pululando por el ambiente.

Pero esta última vez fue especial, no porque fue mi cumpleaños, sino porque fue la primera vez que estuvimos quienes verdaderamente formamos el grupo, sin “adicionales” y eso permitió que todos nos relajáramos y lo pasáramos verdaderamente bien.

Los vitorianos intentamos amenizar la velada de los visitantes llevándolos al nacimiento del Nervión. Hicimos un paseo-caminata hasta el balcón que hay ahí y estuvimos un rato reponiendo fuerzas para el regreso. Fue un día muy agradable que incluyó exploración en la zona que tiene un riachuelo con renacuajos y demás fauna local. Los niños asistentes lo pasaron realmente bien.

La despedida fue muy emotiva. Por supuesto, no queríamos separarnos y los primeros días después de que todo vuelve a la “normalidad” son más bien dolorosos. Siempre nos quedamos con ganas de más.

En fin. Esta vez nos demostramos que somos capaces de mantener las reuniones en secreto (cosa extremo difícil, dado que la mayor parte de nuestra relación es a través blogs y foros de Internet) y, sobre todo, comprobamos que somos un estupendo grupo de amigas. Somos afortunadas. Yo soy afortunada de haber tenido un cumpleaños digno de enmarcarse. Y, sobre todo, de ser parte de este genial grupo de loc@s.

Un besito a los que ya cumplieron años. A los que están por cumplir, 2.


martes, 29 de abril de 2008

CUMPLEAÑOS ¿SOLITARIO?


Las celebraciones en mi vida tienen un, digamos, pasado tormentoso. La primera celebración “gorda” que tuve fue mi primera comunión, con 8 años. Me compraron un vestido que me gustó un montón y mi madre me organizó un fiestón con piñatas y todo. Y yo invité a quienes consideraba mis mejores amigos de la escuela. Y no fue NINGUNO. La fiesta estaba llena de niños y gente que yo no había visto en mi vida, mis abuelos, mi hermano, mi madre y dos o tres de mis primos. Encima, que yo había querido y decidido que mi abuela cantara el Ave María y al final salió una torda de no sé dónde chingados y se puso a cantar, mientras yo me quedaba con ojos de angustia mirando a mi madre con cara de interrogación.

Esa fue la gran inauguración de lo que sería, a lo largo de mi vida, una cadena de celebraciones solitarias y fallidas. Porque hubo más cumpleaños. Alguno en el que me animé, de nuevo, a tirar la casa por la ventana. Invité un montón de gente, compré un montón de comida y al final sólo fueron 4 gatos. Gente de esa de “relleno”, que o se apuntó porque estaba ahí o que los invitaste “por compromiso”.

Tengo fotos de algún cumpleaños en el que sí que fueron mis queridos amigos, pero llegaron “por turnos”. Es decir, llegaban unos, se iban otros y así toda la tarde-noche.

Luego ya grande, en la carrera, tuve 3 ó 4 ceremonias “de reconocimiento”, por ser “mejor alumna”. O sea, por sacar buenas calificaciones. Eso implicaba casi todo 10. Y para mí eran verdaderos triunfos, porque fueron tiempos de mucho cinturón apretado (tenía dinero justo para gasolina y material escolar. No gastaba en otra cosa. El resto se me iba en pagar la colegiatura, que mantenía a duras penas con carga académica mínima y una beca del 30%) y de mucho trabajo y poco descanso. Había días en que me iba a la escuela a las 7 de la mañana y no volvía a casa hasta después de las 10 de la noche, muchas veces sin haber comido nada en todo el día (si no vuelves a casa y no tienes dinero más que para gasolina y material escolar, no te llega para comer por ahí, aunque sea unos tacos), y después de haber ido y vuelto de la uni a la estación de radio en la que trabajaba y viceversa. Pues las primeras “celebraciones” las pasé sola. Completamente sola. Ya sé que la celebración la lleva una por dentro y que el orgullo del trabajo bien hecho no te lo quita nadie. Pero es un agravio comparativo horrible que estás ahí en un auditorio lleno de gente y cuando mencionan a otros hay gente que aplaude y echa porras y cuando te nombran a ti se produce un silencio sepulcral, hasta que algún buen samaritano da el primer aplauso al ver que nadie te hace ningún caso y entonces el resto de la gente lo sigue por inercia, terminando así tu breve momento de gloria con una especie de diploma que terminará guardado en el cajón de los papeles que nunca usas…

Afortunadamente, la vida genera sus propios equilibrios. No todo fueron celebraciones fallidas. Aunque la mayoría quedaron en intentos frustrados, también se produjeron algunas muy memorables. Está aquel cumpleaños número 15; en México es “tradicional” que a las mujeres se les haga “Fiesta de 15 años”. Que es como una “presentación en sociedad” pero naca (hortera, pa’ los locales de “acá”). No importa cuánto dinero inviertas ni qué tan buen gusto tengas. Aquello siempre resulta una horterada: visten a la quinceañera en cuestión con un vestido que es una especie de intermedio entre el de la primera comunión y uno de boda, la ponen a ensayar durante meses un vals que habrá de “lucir” con un “ejército de chambelanes”, vestidos todos de “esmókin” y hacen un fiestón en un salón alquilado con músicos contratados, comida o cena de postín y todo el kit. Como si fuera una graduación o una boda, pero en versión cumpleaños. Y todos los tíos de la quinceañera se ponen hasta el gorro de borrachos y hacen el show al final con el mariachi que desquita el sueldo aguantando sus berridos, mientras las señoras, sus mujeres, aguantan estoicamente cayéndose de sueño y rogándoles que por favor se vayan ya a casa.

El caso es que mi madre, que siempre ha sido muy práctica y muy pragmática, anunció firmemente que yo no tendría semejante espectáculo, con lo cual yo me quedé tan en paz porque la verdad estaba de acuerdo. Para mí era un cumpleaños más. Y ni siquiera me molesté en organizar “algo pequeño”, dada mi experiencia anterior con las celebraciones.

Pero cuando en la secundaria mis compañeras y mis amigas fueron hablando de sus respectivas fiestas me preguntaron por la mía. Y les dije directamente que yo no tendría nada. Para mí no era ninguna tragedia, pero la mayoría de ellas era muy “tradicional”. El caso es que me organizaron un fiestón en casa de un compañero y me dijeron que nos juntábamos a hacer un trabajo. Una verdadera fiesta sorpresa. Y fueron casi todos mis compañeros. En su momento no lo asimilé muy bien. Es decir, no me cayó el veinte de que aquél fiestón genial era única y exclusivamente para mí hasta muchos años después. Y durante mucho tiempo mantuve la creencia de que si fueron todos fue porque la fiesta la organizó mi mejor amiga, que era muy popular y la más aplicada del salón. Y no porque fuera mi cumpleaños.

Luego la vida se encarga de decirte que no. Que si fueron todos fue porque de verdad querían celebrar tu cumpleaños y hacértelo pasar bien, y, tal vez, compensarte por esa madre desalmada que te dejó sin “gran celebración de quinceañera”.

Otra celebración especial fue la primera vez que volví a México, después de que me quedé a vivir en España. Mi mamá organizó “una taquiza” (también para celebrar mi cumpleaños): contrató a una señora que monta el chiringuito y sirve tacos a todo el mundo, como si fuera un “puesto”, pero sin tener que pagar. Y entonces tú te olvidas de todo. Muy práctico, la verdad. Y fue un montón de gente. Muchos amigos de mi madre de toda la vida con quienes llevo una relación cordial, algunos de mis primos y mi mejor amigo, que hizo circo, maroma y teatro, pero fue. Y estuvo un rato conmigo. Y fue una tarde muy agradable, relajada y feliz.

El caso es que, dada mi propensión a que mi organización de celebraciones terminara en NADA, dejé de celebrar mis cumpleaños. Después de la taquiza, los otros años he estado en España, casi siempre fuera de Vitoria. Juanjo siempre me lleva a algún lugar, aprovechando que es festivo en Álava. Y han sido buenos cumpleaños: un año estuvimos en Salou, en Port Aventura. Otros años hemos estado en Madrid, en una feria de seguridad informática a la que él suele ir y me lleva “de paquete” y alguna vez hemos ido al Warner. La verdad es que me gustan mucho esos parques y se pasa bien el cumpleaños ahí. Y se pasa bien el cumpleaños con Juanjo.

Este año ocurrió que a él le salió un asunto en Lisboa. Y le vi en los ojos verdadero interés de ir cuando me lo dijo. Así que le dije que no había problema, que se fuera. Que ya habría más cumpleaños para pasar juntos. En principio, para compensar me iba a ir a Alicante con una amiga. Pero al final cancelé esa misión y reorganicé mi plan; iría a comer por ahí y al cine, a ver una de esas películas a las que Juanjo no suele querer ir. Metí un libro para empezar en mi bolsa y emprendí la aventura del cumpleaños solitario. Nada más lejos de la realidad. Para empezar, el libro que elegí hablaba de los amigos que tienen los libros o de que ellos mismos representan un amigo para una persona. Y, ciertamente, el libro me hizo pasar un rato muy agradable mientras esperaba a que me trajeran mi hamburguesa y mientras me comía mi postre.

Cuando me metí al cine apagué el celular. Porque no estaba dispuesta a salir de la película si me llamaban (que seguro lo haría algún@, ya que era mi cumpleaños) y tampoco me iba a quedar a gusto si no contestaba. Así que lo mejor era no enterarme. Al salir tenía 4 mensajes de llamadas.

Al final, mi cumpleaños no fue solitario y fue genial. No hubo una gran fiesta, pero tuve un regalazo en un blog al que le tengo mucho cariño y mi hermano me hizo un diseño en flash especialmente para la ocasión que todavía me hace llorar cuando me acuerdo de él. Y jugué un rato con mi madre, que también tiene su encanto. =)

Y lo que todavía queda. Porque los amigos que he hecho aquí están compensando con creces lo que hicieron los amigos que no lo eran de mi infancia. Que se recorran muchos kilómetros para venir a celebrar conmigo tiene mucha cosa. Gracias, de verdad, a todos, por estar ahí. Soy muy afortunada.

Un gran beso,

Suza.

martes, 1 de abril de 2008

LOS PERIPLOS EN SOLITARIO



Durante mis juventudes, por necesidad, tuve que aventurarme y acostumbrarme a viajar sola. Era eso o quedarme sin ver mundo. Y la pata inquieta jala más que el miedo a viajar sola. Y aquello fue un gran descubrimiento; resulté ser una excelente compañía para mí misma y los viajes en solitario son una gran fuente para tener aventuras y conocer gente interesante.

Así viajé por Michoacán y fui al DF en donde conocí a un holandés al que le robaron la cartera en el metro y luego me hurgó todo lo hurgable, porque creyó que había sido yo la autora del hurto, y después se soltó llorando ¿?...

También así me quedé en España mientras mi familia se regresaba a México sin mí. Así me fui a Marbella y así me regresé a Vitoria, alcanzando los huesitos de quien ahora es mi marido.

Hoy he recordado todo eso porque tuve que ir a Bilbao a completar un trámite en el consulado. Para muchos ir y volver desde o hacia Bilbao supone una rutina de todos los días, ya que por estos lares es muy común que la gente viva en una ciudad y se desplace hacia otra todos los días para trabajar. Pero ese no ha sido mi caso. Así que he saboreado un montón el viaje. Sin embargo he de confesar que el disfrute de todos estos viajes solitarios seguramente no hubiera sido posible sin la tecnología actual del entretenimiento. Me refiero al Ipod, consolas portátiles y demás cacharrería.

A la ida fui disfrutando del paisaje con ovejitas y caseríos vascos en medio de las montañas mientras escuchaba la música que me gusta. Y me sentí contenta de vivir aquí y de haber tenido el valor de quedarme sola en un país extraño, sólo para perseguir mis sueños.

A la vuelta llovía mucho, así que saqué mi consola de juegos y me vine entretenida matando zombies primero y perdiendo juicios japoneses después (van dos veces que repito el maldito capítulo y no hay manera!!! Mi defendida siempre termina en el trullo!! –cárcel, pa’ los no ibéricos–). Y de pronto ya estaba de nuevo en Vitoria. Y qué gusto sentí de llegar. Me gusta vivir aquí!!! ^^

Un besito a quienes viven donde quieren. Dos a los que no han viajado nunca solos. Pa’ que sianimen!!!

miércoles, 26 de marzo de 2008

LA SATISFACCIÓN DEL TRABAJO BIEN HECHO

Ayer estuvimos de "recaus" por la tarde. Queremos poner una lavaplatos y una secadora en la cocina y eso es más complicado de lo que parece y suena. Primero fuimos a la fábrica en la que a Juanjo le instalaron los muebles de la cocina, allá por 1997. Nos atiende una mujer que nos pasa a un despacho. De entrada, la mujer nos aclara que nuestros muebles ya no existen. De hecho, más bien nos planteó la casi probabilidad de que tuviéramos que cambiar la cocina entera. Le explicamos lo que queremos, pero nos falta la medida exacta de un pilar que se interpone entre nuestras intenciones y nosotros. Así que nos manda a casa con la "tarea" de medir el dichoso pilar.

Al salir de ahí aprovechamos para ir a visitar a unos fontaneros que podrían hacernos la instalación de un tubo de cobre para cambiar la bombona de butano de sitio. Y ya que estamos en la faena, aproveché para llamar a mi amiga Mer, para ver si tenía un huequito para recibirnos en su changarro. Como siempre que voy es al salir de la escuela, para esperar a que Juanjo vaya por mí después del gimnasio, o para alegrarle el día porque antes de irme a la escuela leí que lo llevaba un poco triste, creyó que mis intenciones de visita eran "sociales". Así que me aclaró que tiene "mucho curro". Entonces yo le aclaré: "No, si es que te llevo más curro!!". Total que quedamos en vernos ahí en media hora. Y nos estuvimos toda la tarde comentando los detalles de la cocina. Diferencia del cielo a la Tierra entre ella y la que nos atendió en la fábrica. Para empezar, yo ya había notado que a Mer le fascina su trabajo. Se nota que se le ponen los colmillos largos cada vez que alguien le hace una consulta sobre decoración. Cuando estuvimos en Murcia fue ella la que se movió por toda la tienda con más soltura mientras iba eligiendo esto y aquello para el depa nuevo de Nocturna.

Pero no sólo le gusta su trabajo, sino que le gusta entender al cliente y cumplirle todos sus caprichos. Dentro de lo posible, claro. Y si alguna idea tuya no es viable te explica claramente por qué. Así que sales de ahí con la tranquilidad de que estás haciendo lo mejor posible con lo que tienes y, sobre todo, de que una vez terminado el trabajo no tendrás "novedades" o descubrimientos de que aquello no era tan bueno como te lo pintaban.

Tampoco nos puso aquella cara de "Uff!! Qué difícil" por tener que modificar los muebles que tenemos. Simplemente nos aportó las soluciones que puede haber. Nos creó un "expediente" en el que incluyó los "planos artesanales" que le llevamos y nos regaló una libretita muy mona en la que nos fue apuntando "los deberes" (apuntar medidas de la altura de las ventanas, de las bombonas de butano como las queremos poner, etc.).

Yo quise ir con ella porque es mi amiga y porque ya había visto lo que le gusta su trabajo. Pero vivirla así en primera persona es otro pedo. No es sólo todo lo que sabe de cocinas, sino que pone verdadero interés en uno como cliente y eso en estos tiempos de tanta frialdad mercantil se agradece un montón.


Esto no es un comercial. Pero si alguien quiere saber más puede hacerlo en
http://www.fogonestudiodecocina.com/

Un besito a los que tienen la fortuna de conocer gente estupenda. Dos para los que adolecen de ella y mis mayores deseos para que solucionen ese "problemilla" cuanto antes. =)

lunes, 24 de marzo de 2008

LOS PERRITOS DE MER






Es lo que he tenido en mente todas las vacaciones. Lo último de "vida normal" que hicimos fue ir a cenar a casa de mi querida amiga Mer. Ella ya había venido a mi casa varias veces, algunas a tomar café y alguna otra a cenar. Así que ahora quería hacernos de cenar ella misma. Y nos invitó el sábado previo a las vacaciones.

Cuando llegamos a su casa había un exquisito olor a ajo, proveniente de su horno, que cocinaba en su interior unas estupendas setas con jamón. Después nos puso una ensalada de berros y una carne que se deshacía como la mantequilla. La mejor carne que he comido en mucho tiempo. Además, perfectamente doradita por fuera, perfectamente cruda por dentro. Mer: eres una gran cocinera!!!

El caso es que al sentarnos a la mesa había ahí 3 perritos de plata. 3 perritos “salchicha” acomodados a un lado de la servilleta. Y mientras Juanjo jugaba con el suyo haciendo “guau, guau”, yo me preguntaba para qué servían aquellos perritos, ya que no daban trazas de ser servilleteros. Mer volvió de la cocina y nos vio jugando con los perritos, entonces nos explicó: “Me los dio mi madre. Son para poner el cuchillo, cuando ya lo has utilizado”…. AAAAAAAAaaaaaaaaaaaaaahhhhhhhhhhh!!! Es que si lo ves así, son muy útiles, sí… Porque el maldito cuchillo SIEMPRE se cae del plato cuando lo has puesto ahí en diagonal. Pero de los perritos no se cae, porque no son redondos. Así que nos compartió un gran invento que es poco conocido.

Después de eso empezaron las vacaciones, al inicio de las cuales yo estuve muy ocupada yendo a rehabilitación, al médico, de compras y haciendo preparativos en casa para las visitas que me venían. Y después con las visitas. Y alguna de mis amigas me llamó porque ya no me veía en línea, lo cual se agradece. Siempre es bonito que noten la ausencia de una, aunque sea a través de Internet. Estuvo aquí una amiga muy querida de Galicia. Aquella a la que conocí en el viaje a Punta Cana un fin de año. Vino con su esposo y los llevamos a San Sebastián, a Laguardia y estuvimos de gira por Vitoria, con visita a la Catedral y a la Muralla incluidas.

Ahora por delante queda la búsqueda de la instalación de lavaplatos y secadora en nuestra cocina, sacarme el carné de conducir (licencia de manejo en México) y la celebración multitudinaria de mi cumple aquí, en Vitoria, con muchos de mis seres queridos.

Al final, he extrañado un montón a mi amiga de todos los días. A Mer. Gracias por recibirme siempre en tu changarro.

Un besazo a los que tienen amigos de todos los días. A los que no, dos. =)

martes, 19 de febrero de 2008

NAVIDAD A LA CABEÑA. Parte 3 (O mi primer novela publicada)



LAS VACACIONES

Para empezar tengo que decir que mi hermano es un gran anfitrión. Después de recogernos en el aeropuerto, lo primero que hizo fue llevarnos a desayunar chilaquiles a un hotel en el que suelen desayunarlos. Juanjo y yo habíamos desayunado en el aeropuerto (yo probé las chimichangas, que son tortillas de harina rellenas de huevo revuelto con jamón y bañadas en salsa de aguacate. Muy buenas, sobre todo para ser de “Wing’s”, restaurante típico de los aeropuertos mexicanos, tipo Vip’s, pero más caro y con algo menos de calidad), así que nos limitamos a probar los que pidieron los demás. Estaban francamente buenos. Muy crujientes. Yumi!!!

Ese día nos preguntaron que qué queríamos comer y yo contesté al instante que tacos. Así que cuando se llegó la hora de la comida (como las 6 de la tarde) fuimos a una taquería. Carne, queso, salsas, limón, pepino, cebollitas… Y micheladas!!! La verdad es que no entiendo cómo puede vivir la gente sin micheladas. Deberían formar parte de los derechos humanos de todo el mundo!!!

El jet-lag se nota. Para las 7-8 de la noche ya estás que no te tienes en pie. Y luego a las 5 de la mañana los ojos como platos. Un día fuimos a la playa. Mi hermano tiene una hielera con ruedas, plegable y que tiene un montón de bolsitas. Una maravilla. Y no hemos podido encontrar una igual. Pues allá vamos a la playa en la cabroneta nueva de Pacho. Y un par de sombrillas. Suertudos que somos, cuando llegamos íbamos pasando junto a una de las palapas del final y los güeritos que estaban ahí le dijeron a mi hermano que ya se iban, y le ofrecieron dejarle la palapa. No es que la playa estuviera a reventar, pero había gente, sí.

Es una playa pública con baños y palapas. La verdad es que sí sorprende un poco ver una playa pública gratuita en un lugar tan finolis como Los Cabos. Pero supongo que eso también ayuda a mantener a “la plebe” fuera de los sitios “finos”. La verdad es que la playa esa está bastante bien.

Nos tomamos unas chelas, comimos Rancheritos y jícama con chile, tocamos el agua del mar con las patitas (estaba fría. Más o menos como la de las playas de Euskadi en verano. Nunca he metido las patitas en las playas vascas fuera del verano. Me gusta evitar la gangrena, gracias), Juanjo y Pacho tomaron un montón de fotos, yo saqué algunos retratos interesantes de Pacho y Paulina y alguno de mi madre y tuvimos un agradable día de playa en familia. Es francamente lamentable no poder tener más días de esos con ellos.



En otra ocasión hicimos una excursión que consiste en caminar en el fondo del mar (como a 5 ó 7 metros de la superficie) con unas escafandras. Yo nunca he buceado, así que la experiencia fue verdaderamente emocionante. Nos enfundamos en unos “wet suits” (en España “traje de buzo”) y empezamos a bajar por la escalerita de la plataforma. La entrada al agua fue bien hasta que la espalda entró en acción. Como el cierre del susodicho traje está por atrás, ahí no hay neopreno, de manera que el agua fría te llega de lleno por el centro de la espalda. Uuuuuuu!!! Uuuuuuuuu! Uuuuuuuu!! No hay manera de que la respiración no se corte con el agua fría. Pero como soy muy macha y tenía mucha emoción por la actividad, seguí bajando. Cuando el agua te llega a los hombros te colocan la escafandra encima. Entonces hay que seguir bajando. Llega un momento en el que una mano te toca el tobillo, señal de que has llegado al último escalón y tienes que pegar un saltito hacia la arena. Uno de los monitores te espera ahí abajo y te pregunta que si todo bien y le contestas que sí con esa cara-bobo que se te queda de estar ahí abajo respirando cual pececito con branquias.

Y el tour comienza cuando el último integrante de la tribu llega al punto de reunión. Ahí abajo tienen instaladas unas pasarelas, unos tubos a los cuales asirte para caminar sobre la arena, para lo cual antes te prestaron unos “crocks”, que es el nombre que tienen allá los suecos esos de plástico (que no es plástico sino polipropileno o una cosa de nombre parecido) con hoyitos y que hay de muchos colores.

Durante el recorrido te pasan pececitos por delante, por detrás y por todos lados. Hay un cofre del tesoro y una mesa con una banquita en la que te sientan y te toman una foto primero con una calavera (artificial) y luego con un erizo vivo; te lo ponen en la mano y te das cuenta de que el bicho respira porque al quitártelo lo hacen despacito, porque se te pega a la mano con sus ventosas. Te lo quitan y lo dejan ahí, sobre la mesa. Son los típicos muebles de jardín, esos de metal que pesan mucho y tienen muchos hoyitos.

Durante el recorrido, mi marido empezó a dar saltitos, y parecía astronauta en la luna. Así que yo lo seguí y tuve mi momento lunar también. La verdad es francamente divertido pegar aquellos saltos en cámara lenta. =)

Luego te prestan un asta que tiene las banderas de México y de Estados Unidos. Mi hermano hábilmente enrolló la de EU para que no saliera en la foto. =)

Al salir es difícil quitar la cara de niño con juguete nuevo que se te queda. Nos quitamos todos el traje, menos mi hermano, que se le atoró en los pies y tuvimos que ayudarlo. Tardaron un rato en volver por nosotros (estábamos en una plataforma y tenían que recogernos en lancha) y yo me estaba poniendo verde (del mareo, con tanto meneo. No sé cómo hacen los que tiene que estar ahí todo el día tratando con turistas.... Por fin llegó la lanchita de las pelotas y nos llevó al puerto, ese que está lleno de humildes lanchitas. Por cierto, que allá las de pescar se llaman “pangas”, como el pescado que se vende por aquí. Me pareció un dato curioso.

Bajamos de la lancha y nos fuimos a desayunar. Chilaquiles, por supuesto. El puerto ese de San Lucas es una cosa muy locochona. Es un centro comercial enorme, con hoteles, restaurantes de todos los pelajes, tiendas y, por supuesto, el atracadero para yates lanchitas y demás. Viendo esas cosas dan ganas de ser rico aunque sea por un día para saber lo que se siente tener un yate de esos y poder pasar una temporada ahí, con tanta tienda y tanto restaurante chido.

Los Cabos está formado por 2 ciudades: San José del Cabo, que es la parte tranquila y de trabajo de Los Cabos, y Cabo San Lucas, que es la parte turística y de recreo de Los Cabos. Están en la puntita de la península de Baja California, en Baja California Sur. Hay en este momento un gran auge inmobiliario ahí, tanto de terrenos como de grandes desarrollos turísticos y habitacionales. Hay ya instalados grandes hoteles como el RIU y algún Meliá, aparte de otros menos conocidos pero no por eso menos lujosos. Es en Los Cabos en donde vacacionan con frecuencia las grandes estrellas de jolibú, y la segunda ciudad más cara de México, después de Monterrey, me parece, según un estudio publicado recientemente.

El transporte público funciona con autobuses de desecho de los Estados Unidos que solían fungir de transporte escolar. Y van por ahí recogiendo pasaje urbano, algunos todavía pintados de amarillo y con los letreros de “School Bus”.

Una noche, mi hermano organizó una fogata en una playa semi-virgen para nosotros. Había estado “guardando” leña para la ocasión desde varios meses antes. Es una playa en la que no hay nada, aparte de un chiringuito a lo lejos que guarda la entrada a un conjunto residencial privado que todavía está en desarrollo. Ahí suelen ir mi hermano y sus amigos a pescar en la noche.

Llevamos una grabadora a la que le pudimos enchufar un Ipod vía transmisor de FM para amenizar la velada. Nos costó un webo encender la fogata. Apenas entre 4 que éramos estábamos 3 sosteniendo unos cartones para tapar el viento mientras mi hermano encendía papeles debajo de la madera. Cuando llegaron los amigos de mi hermano la fogata ya tenía bastante fuerza. Estuvimos toda la noche entretenidos en avivar el fuego, tomando cerveza y comiendo Rancheritos, Sabritones y Churrumáis. Al rato de haber llegado todos se apersonó un tipo del que ya nos habían hablado: un fulano que debe vivir por ahí (no se ve nada en más de 100 metros a la redonda, así que es un misterio dónde vive, pero debe hacerlo por ahí porque siempre que van éstos y hacen fogata va y se acerca a gorronear). Llegaron él y su perro y nos empezó a preguntar primero si queríamos un cigarro (ninguno de los que estábamos ahí fumamos) y luego nos empezó a preguntar si teníamos tequila. Me preguntó a mí y le dije que no sabía (me hice un poco wey). Luego les preguntó a los demás. El caso es que les preguntó si iban a pescar esa noche y aunque le dijeron que no alcanzó a ver la caña de mi hermano (que había llevado por si acaso). Se fue y volvió como a la hora con un poco de carnada y su perro. La verdad es que es una lástima de tipo, porque el chucho es de lo más agradable, simpático y educado.

El fulano estuvo un rato intentando pescar con la caña de mi hermano. No agarró nada. Al final nos fuimos y le dejamos la fogata…

Para la Navidad hicimos cena: El famoso consomé y mole, con su respectiva cebollita desflemada. Pero ese día andábamos en la calle, traíamos los horarios desajustados y vinimos comiendo como a las 5 ó 6 de la tarde. Así que, para la hora de la cena nadie tenía hambre. Y temprano a todos nos dio sueño. No cenamos. Decidimos abrir los regalos para irnos a dormir. Muy amenos todos, sí.

Para año nuevo la cosa ya fue mejor. Llegaron 2 de mis primos de Guadalajara, Miguel Armando y Laurita, aunque Laurita prefirió ir a celebrar con sus amigas. Pusimos la tele buscando campanadas, aunque fue difícil. Éramos casi los últimos del planeta en estrenar el año. En todos lados ya se habían comido las uvas. Afortunadamente, Paulina encontró un canal local y pudimos celebrarlo con los Cabeños.

Nos comimos las uvas, con muchos trabajos, como siempre (al menos a mí siempre se me terminan las campanadas a menos de la mitad de las uvas… =/ ), brindamos con cava y luego con vino. Y después cenamos un delicioso spaguetti con porcini que cocinó Paulina y que estaba delicioso (que no, cuñada. Que no te voy a pedir ningún favor. Que de verdad estaba de puta madre tu spaguetti. =) ).

Como a las 2 de la mañana yo ya no podía más y Juanjo tampoco. Así que le tocó a Pacho terminar de despedir a Miguel Armando. Al día siguiente teníamos que levantarnos más o menos temprano. Ya nos volvíamos a Vitoria. Y todavía teníamos que hacer las maletas.

El día 1 estrenamos el año empacando cosas. Salimos a tiempo de la casa de mi hermano y fuimos a su oficina, a recoger un CD que dejamos tostando el día anterior con música que me estaba pasando (y no, no somos delincuentes. Sólo somos buenos hermanos) y de ahí al aeropuerto. Facturamos las maletas y, como llegamos sin desayunar, buscamos el chiringuito con la cola más pequeña (parece mentira que hubiera tanta gente en ese aeropuerto tan pequeñito. Es casi tan pequeño como el de Vitoria.) y decidimos desayunar unos Hot Dogs bostonianos. Yo ya tenía el nudo en la garganta. Irte cuando no te quieres ir no mola nada. Y dejar a mi hermano siempre me ha costado un montón.

Cuesta dejarlo ahí parado, y dirigirse a la puerta de control… Hay que ser muy valiente y muy macha para hacer eso. Y luego para perder una hora ahí adentro. Encima no nos dejaron comprar lo que queríamos comprar, que porque nuestro vuelo no salía del país ¿?. De nada valió que les enseñáramos que íbamos a España…

Así que luego pasamos casi todo el tiempo en DF buscando lo que habíamos querido comprar en Los Cabos. Sangrita y unos labiales. La Sangrita la pudimos comprar en el aeropuerto del DF. Los labiales los tuve que comprar en el avión, porque en DF no manejaban esa marca ¿?.

Y así volvimos con la confirmación, una vez más, de que México es un país de lo más raro y locochón, pero tiene un encanto indiscutible. Luego en Madrid tuvimos que facturar la mochila de Juanjo, porque no nos permitían pasar las botellas de Sangrita que habíamos comprado. Una fulana de Iberia se puso a discutir con nosotros. Sugirió que queríamos pasar alcohol y que Juanjo estaba borracho. Yo le contesté muy encabronada que ni la Sangrita era alcohol, ni Juanjo había tomado gota de ídem. Y le pregunté que a qué venía toda esa acusación? Y entonces me dijo, con el tono que emplean los niños cuando imitan a los adultos, como con ironía o sarcasmo “Ay. Usted perdone!” WTF????

Estoy hasta la madre de los pinches gringos y sus paranoias y su economía de guerra y su lucha contra el terrorismo. Nos han convertido a los pasajeros de avión en vacas que no tienen ningún derecho a la dignidad ni al respeto, ni a transportar sus pertenencias con seguridad.

Porque en casa descubrí que me habían abierto las maletas. ¿¿¿Quién coño revisa las maletas sin la presencia de sus dueños y por qué nadie avisa de eso??? Luego te roban y nadie se hace responsable. Estoy harta de ir por el mundo en calidad de delincuente. ¿De qué sirve ser honrado, trabajador, colaborador, ecologista, responsable y respetuoso, si luego todo pichichi te va a tratar como si fueras delincuente comprobado, enjuiciado y sentenciado?

En fin. Si llegan a inventar el teletransportador no me va a dar ninguna pena que todos los empleados de las compañías aéreas se queden en la puta calle. De verdad… Menos ese azafato de Aeroméxico que nos trató tan bien. Pero seguro que a ese lo contratan en seguida en cualquier otra empresa.
Un besazo a todos los pasajeros que sufren el maltrato de los empleados y de las autoridades. Y a los empleados de las compañías aéreas, una patada en salva sea la parte. Por robarnos el dinero a los viajeros.

viernes, 25 de enero de 2008

NAVIDAD A LA CABEÑA. Parte 2. (O mi primer novela publicada).

22 de diciembre, 4 am. No sé si por los nervios o por qué, me despierto y ya no consigo volver a dormir. A las 5 me levanto, me visto y me preparo para salir a las 6. Me alcancé a planchar el pelo y todo. A gusto, la verdad. Salimos a puntuales y llegamos al aeropuerto con buen tiempo, así que aprovechamos para emplasticar las maletas en uno de esos chiringuitos que hay, porque además tenía poca gente. Terminamos con ese asunto y nos dirigimos a facturación… 7 de la mañana en punto y una cola como de 3 kilómetros. 20 minutos después seguíamos en el mismo lugar, pero ya no éramos los últimos. Detrás de nosotros había como 30 personas más. El caso es que llegó la hora de embarque y nosotros seguíamos en la fila. Lo raro de todo es que la fila de los “Bussiness” también iba lenta. Normalmente terminan con la gente de ahí y ellos siguen atendiendo a los que vamos en “gallinero”. Pero ese día no. Ese día sólo atendieron a los finolis. Por fin nos dieron nuestra tarjeta de embarque y nos fuimos presurosos hacia la puerta correspondiente, sin haber desayunado, gracias a esas 3 horas maravillosas de cola.

Nos subimos al avión, pusimos las mochilas en los compartimentos respectivos y nos sentamos. Y los otros pasajeros hicieron lo mismo. Y el avión no se movía, no se movía, no se movía, como la canción de la hierba, pero al revés y sin sexo. Y nos empezamos a mosquear. ¿Por qué coño no se mueve esto, si estamos todos sentaditos? Y empezamos a interrogar al personal, que nos contestaba con evasivas o no nos hacían caso. Al final conseguimos averiguar que el avión “decidió” esperar a 20 personas que “habían tenido unos problemas en facturación”. O sea, que la inutilidad del personal de facturación aunada a la falta de previsión de los supervisores quienes, a diferencia de nosotros, no supieron o no quisieron darse cuenta de que una fila de semejante envergadura que no avanzaba iba a impedir que el avión estuviera listo a tiempo, hicieron que más de 300 tuviéramos que esperar a 20 que faltaban. Eso nos lo informaron, por lo bajito, como a la hora de estar sentaditos en nuestros lugares. Después de cabrearnos y de no recibir ninguna explicación del capitán por la megafonía, por fin habló el señor y se limitó a decir que lamentaba la demora y que a causa de la espera habíamos perdido “el slot” y que tendríamos que esperar a que nos dieran “uno nuevo”. Es decir, que perdimos nuestro turno de despegue en pista. Y recuperar el slot de las pelotas nos costó otra hora y media. 3 horas metidos en el avión antes de despegar para emprender un viaje de casi 13 horas. Y sin haber desayunado. El avión despegó a las 12 del día cuando tenía que haber despegado a las 9 de la mañana.

Y una vez que despegó, en lugar de traernos algo para comer, noooooo… Empiezan repartiendo las formas migratorias, esas que normalmente te dan como media hora ANTES de llegar al aeropuerto de destino. O sea, que vinimos DESAYUNANDO cerca de las 2 de la tarde. Y aquello ya era comida, por supuesto. Y en todo esto sólo UNO de los azafatos supo tranquilizarnos y nos trató como quienes pagamos su sueldo. El único hombre del personal a bordo que nos correspondía (en primera llevaban otro señor atendiendo) fue la única persona de TODOS CON LOS QUE TRATAMOS ESE DÍA y que trabajan para Aeroméxico que supo tratarnos con educación y con verdadera paciencia. Fue el único que se ganó su sueldo, esos más de 3000 euros que pagamos por ese viaje. El resto se limitaron a “cumplir”.

Porque cuando llegamos al aeropuerto de la Ciudad de México, casi 24 horas después de habernos levantado en Barcelona, al salir del avión había UN empleado de Aeroméxico en el mostrador que hay a la salida del gusano y aquello estaba abarrotado con quienes tenían conexión, como nosotros, y consiguieron salir antes del avión. Y detrás de la fila estaba otro empleado que nos informó que teníamos que dirigirnos a la puerta número 12, después de que le dijimos que habíamos perdido la conexión. Allá vamos corriendo a la puerta número 12 e hicimos OTRA fila ahí. Al llegar nuestro turno nos dicen que no, que tenemos que ir a la puerta número 19. Pero antes de eso había que pasar por migración. Así que OTRA fila de 1 hora en migración. Cuando llegamos, por fin, a la puerta 19 nos dicen que no, que hay que salir a los mostradores de facturación para que nos arreglen el problema. Así que salimos. Llegamos a los mostradores de Aeroméxico y cuando les informamos que no vamos a facturar maletas nos ponen en una fila que está siendo atendida solamente por 2 personas. Después de otra MEDIA HORA de espera en la fila me desespero y voy con una de las señoritas que atendían a los que sí traían maletas y le pregunto si no hay más personal que nos atienda. Me manda con “el supervisor” quien en tono muy altanero y desagradable me dice que ya nos irán atendiendo “poco a poco”. Eso terminó de encabronarme y ya furiosa le dije que precisamente ese era el problema. Que “poco a poco” nos habían traído dando vueltas por todo el maldito aeropuerto y que poco a poco esa era la cuarta fila que hacíamos desde que bajamos del avión y que poco a poco llevábamos más de 24 horas de dormir por culpa de su retraso y que lo que quería era que me atendieran mucho a mucho, que ya estaba harta de que ahí nadie se hace responsable por los incumplimientos de la empresa, a lo que el buen hombre y mal empleado me contestó que no iba a poner más gente a atender esa fila y que me tenía que aguantar tal cual.

Cuando por fin nos toca que nos atiendan yo todavía estaba encabronadísima. Empecé a quejarme con la “amable señorita” y ella me interrumpió diciéndome “pero si les habían arreglado un vuelo con Mexicana. ¿Por qué no lo tomaron?”
AAAAAAAAaaaaaaaaaaaaaaaaaa!!! Pues porque nadie en su empresa se molestó en informarnos que nos habían arreglado un vuelo, porque nos han traído toda la tarde dando vueltas por todo el maldito aeropuerto, porque ustedes… La mujer me interrumpe de nuevo y me dice “¿quiere que le arregle su problema o no? Porque yo estoy aquí para arreglarle su problema.” Y le contesté que aparte de eso lo que quería era quejarme para ver si su compañía mejora en el servicio que dicen ofrecer y no ofrecen. Entonces, se mete, tarda allá como 10 minutos y sale con una hoja de reclamaciones que hay que enviar por correo (con franqueo pagado. Cuán amables son éstos de Aeroméxico)… DESDE MÉXICO. O sea, que tengo que perder todavía más de mi precioso tiempo de vacaciones redactando mi queja para que el dichoso papel salga desde el mismo país, sin garantía alguna de que mi queja será atendida o siquiera leída. Porque es evidente que en esa empresa a nadie le importa un bledo el pasaje. Bueno, en esa ni en ninguna otra. Porque los de Iberia tampoco se distinguen precisamente por su calidez y su accesibilidad para que uno ponga una reclamación.

Finalmente nos dice que ese día ya no hay vuelos a Los Cabos y que nos vamos al día siguiente en la mañana. Nos asigna un hotel y cuando le pregunto que qué pasa con nuestras maletas me dice “primero déjeme terminar”. Finalmente nos manda a otro lugar del aeropuerto a recogerlas, cuando ELLA quiso informarme de lo que yo le preguntaba, claro.

Total, que vamos para allá. Novedad: no había fila. Nos atendió un señor muy amable quien por radio habló con otra persona, salió, nos pidió que lo siguiéramos, habló con otro señor, le informó de lo nuestro y nos dijo que él nos daría las maletas. Lo seguimos hasta otra sección del aeropuerto y nos las dio. Nos dejó con los de aduanas, Juanjo le picó al botón de semáforo, nos tocó verde y nos dijeron “ya se pueden ir”.

Ahora, mochilas al hombro, porque en ese aeropuerto los carritos para las maletas sólo llegan hasta la sección en que la gente espera a sus “seres queridos” y a partir de ahí sólo hay “viene-vienes” a los que hay que darle una propina, misma que como no nos iba a pagar Aeroméxico no quisimos dar, así que teníamos que llevar las maletas con nuestras propias manos (menos mal que hace años que todas vienen con ruedas y que ninguna de ellas se ha roto), nos dirigimos hacia la puerta en la que estaría el transporte hacia el hotel…

El esfuerzo de seguir siendo persona

Llega por nosotros una furgoneta de cómo 9 plazas. Se llena y nos toca ir hasta atrás. El chófer maneja como si estuviera practicando para el París-Dakar, nos da saltitos como en la montaña rusa, se mete entre el tráfico con el poder que da el tamaño de su vehículo y finalmente nos deja sanos y salvos en el hotel. Un hotel que, dicho sea de paso, es infinitamente mejor que ese al que nos mandó Iberia la última vez que fuimos y que también perdimos la conexión por culpa de un retraso. Nos registran y nos dicen el horario de la cena.

Después de más de 24 horas despierto sólo puedes pensar en dormir. Pero también tenía hambre y una duchita no nos vendría nada mal. Y además había que hacer que Aeroméxico pagara todo lo posible por sus errores y su falta de buen trato hacia quienes hacemos posible su existencia. Así que después de dejar las maletas y alegrarnos con una habitación limpia y amplia y agradable, bajamos a cenar. Al ir hacia la mesa que nos habían asignado nos encontramos con la señora que estaba siendo atendida por “el supervisor” cuando yo fui con él a externar mi exabrupto y él me mandó tranquilamente a, como dicen aquí, tomar por culo. Nos preguntó si nos habían resuelto el problema a lo que contestamos que sí, y agradecimos el interés.

Una vez sentados nos informaron que Aeroméxico tenía “un menú especial”. Yo elegí la sopa azteca (que me encanta) y unas enchiladas suizas (que nunca he sabido por qué se llaman así, si en Suiza no hay enchiladas). Juanjo me preguntó si no quería una michelada, con lo que me brillaron los ojitos. Luego nos informaron que eso no entraba en “el menú de Aeroméxico”. De todos modos las pedimos.

Cuando nos trajeron la cuenta para que firmáramos, había un apartado para la propina. Juanjo preguntó si en la cuenta de Aeroméxico podíamos poner 20 mil pesos de propina (que vienen a ser como 1,500 euros), para que desquitara un poco la cosa.

El mesero tardó un poco en regresar con la tarjeta de Juanjo (por las micheladas) y él me ofreció que me fuera yo a la habitación y que él subiría después, lo cual acepté, porque ya me costaba mantener los párpados en la parte superior de mis ojillos.

Cuando Juanjo llegó a la habitación ya estaba yo a punto de meterme a bañar. La experiencia te confirma que después de una cosa de esas se duerme mejor si te has duchado antes. Y fue gracias a eso que conseguí convencer a mi cuerpo de que hiciera un último esfuerzo y me regalara la felicidad de dormir limpiecita. No recuerdo otra ocasión en mi vida en la que me haya tenido que meter a la ducha con tanto esfuerzo. Pero al final siempre vale la pena.

Como traes el jet-lag, te despiertas en la madrugada. Lo cual no me vino nada mal, porque así pude hacer todos mis rituales matutinos a gusto, incluido plancharme el cabello. Así que dejamos la habitación 5 minutos antes de las 7, limpitos, descansados y oliendo bonito.

Al bajar fuimos los primeros en llegar a la recepción. Habíamos apartado el transporte de las 7 la noche anterior. Nos registra el hombre y el mismo Bel-boy que nos llevó las maletas la noche anterior, las sacó esa mañana. Menudo turno más largo tiene el pobre hombre. El recepcionisto nos indicó que nos sentáramos en los sofás que estaban del otro lado del mostrador. A los pocos minutos aparecieron unos güeritos de extranjia y luego más personas. Cuando llegó el transporte, como 10 ó 15 minutos tarde, había ahí más gente que la que cabía en la cabroneta. Y a punto estuvieron de bajar a los güeritos, que habían llegado justo después que nosotros. Luego otra señora alegaba que nosotros habíamos llegado al último. No sé si es que el recepcionisto no sabe contar personas o qué. ¿Por qué metió ahí más gente de la que cabe? Al final, todos retacados, un muchacho sentado en las piernas de su hermana, etc.

Llegamos al aeropuerto, ahora sí a facturar maletas. Y, sin que nos demos cuenta, la torda que nos atendió va y les pone a nuestras maletas una etiqueta que decía que “probablemente tenían que pasar la aduana”. ¿¿¿Otra vez??? Pues sí. Eso lo vimos al llegar a Los Cabos, que fue un hombre hasta donde estábamos nosotros y nos dijo que como nuestras maletas traían esa etiqueta, tenían que revisarlas. En fin. Afortunadamente no nos la hizo tanto de tos. Sólo hizo la faramalla de revisar una y al resto las dejó estar.
Cuando por fin salimos y vimos a mi madre, mi hermano y mi cuñada, casi no me lo podía creer. Alguien podría decir que lo más bonito de llegar al fin es verlos a ellos. Pero en realidad, lo más bonito es verles la cara de contento que se les pone al verte. Cuando quieres tanto a alguien, ver esa alegría en sus ojos al verte es el regalo de Navidad más gordo, grande y precioso que se puede tener. Y la envoltura de ese regalo es toda la novela que acabo de escribir.

...CONTINUARÁ

lunes, 21 de enero de 2008

NAVIDAD A LA CABEÑA. Parte 1. (O mi primer novela publicada)

Ya sé que es un poco tarde para andar publicando esto, pero dada mi lentitud del último año para publicar cosas en este antro, supongo que nadie le tomará por sorpresa. Al final, lo bueno es que les cuelgo algo para leer, no? Y al que no le guste, pos que no lea, que para eso inventaron la tele. =P

Introducción.
En mi familia nunca ha existido la “obligatoriedad” para ninguna fiesta. Mi madre no es de las que se agüitan porque alguien no está en Navidad o porque alguien no le llama en su cumpleaños (aunque siempre le hemos llamado). Probablemente en parte por eso las navidades en mi familia siempre fueron agradables.

Cuando yo era niña había un ritual: mi abuela hacía consomé y ocasionalmente buñuelos. Pero lo imperdonable siempre era el consomé. Y nunca faltó. Alguna vez hubo pavo relleno y otras cosas. Pero siempre consomé. Cuando ella se fue a vivir con mi tía por ser demasiado viejita y estar sola, en seguida retomé yo la responsabilidad del consomé y se siguió haciendo en casa de mi madre. Y allá iban mis primos, algunos que antes no solían ir, a tomar consomé. Y de paso a vernos. =P

Pero hace ya 5 años y medio que estoy en España y mi hermano lleva ya más de 2 en Los Cabos (mi familia es de Guadalajara). Así que ahora, cuando no podemos estar juntos en Navidad, cada uno hace su propio consomé. Ya conseguí instituirlo en casa de mis suegros y este año, como no estuvimos, se hicieron “un caldito” de esos de sobre…

El caso es que al final la Navidad es un buen pretexto para juntarnos todos y comer bien durante unos días. Lo especial del asunto es pasar un tiempo juntos, porque nos queremos, nos extrañamos y lo pasamos muy bien. Somos todos muy compatibles. Pero para conseguir esa simple cosa hay que hacer muchos esfuerzos, empezando por pagar más de mil euros por cabeza que cuesta cruzar el charco, y continuando con hacer un viaje laaaaargo laaaaargo, en el que quienes proporcionan el servicio de llevarte con los tuyos te dejan encuerado y en la calle cuando las cosas se tuercen. Lo de viajar en avión ya no es lo que era y ha perdido por completo su glamour.

Aviones o camiones de redilas?
Los que viajamos en avión ya no somos “pasajeros”. Ahora, entre el negocio de la guerra de los gringos y sus paranoias, y la cada vez más extendida práctica de las empresas de aviación de tratar a sus clientes como si fuéramos reos en lugar de civiles, hemos pasado del estatus de “pasajero de aviación” a “vaca en camión de redilas”.

Pero empecemos por el principio. Vivir en una ciudad pequeña tiene sus ventajas y sus desventajas, como todo. La ventaja, que todo está cerca. La desventaja, que hay cosas que no tiene, como un billar decente que tenga mesas que no sean de monedas, y vuelos regulares a Madrid. Eso nos obliga a ir a Bilbao. Así que hay que pagar entre 80 y 90 eurazos para ir en taxi, porque ir en el coche y dejarlo guardado en el aeropuerto te sale casi en lo mismo. Así que ya de pagar, al menos que sea otro el que conduzca.

21 de diciembre. 5:30 pm. El chaval que nos mandó un amigou con el que concertamos el viaje (ventajas de tener un amigo taxista que se dedica a dar servicio a algunas empresas) está afuera de casa puntual, con su camionetón (aquí furgoneta. Allá cabroneta) en el que caben muy a gusto todas nuestras maletas. Llevamos 3 de buena envergadura y 2 mochilas como equipaje de mano.

Después de un trayecto sin incidentes y sin apenas tráfico llegamos a Loiu, que es donde está el aeropuerto bilbaíno. Bajamos las maletas y nos dirigimos a facturación, con bastante tranquilidad. Llevamos buen tiempo. Facturamos las maletas y nos tomamos en un bar del aeropuerto yo un jugo de naranja y Juanjo un café, todo a precio de aeropuerto. Se llega la hora del abordaje (Sandokan al abordajeeeeeeeeeee!!! San quiéééééééééénnnnnnn???) y nos dirigimos hacia la puerta que nos corresponde. El de Loiu es un aeropuerto con mucho diseño, pero con muy poco lugar para sentarse. Hay varios jóvenes sentados en el suelo con cara de “me muero de aburrimiento”.

Al subir al avión se aprecia que no es un foker, sino uno con turbinas. Un poco más grande, pero con mala compresión. Sufrí tanto al despegue como al aterrizaje el horrible dolor de oídos que da cuando el avión tiene ese fallo. Pero llegamos con bien a Barcelona. Salimos al área de taxis y parecen un ejército de abejitas. Hay un señor agilizando la fila que nos indica que es nuestro turno. El taxista agarra y nos abre la cajuela, le ayuda a Juanjo a subir las maletas (a mí no me dejan, por mi problema de ciática) y ya que estamos todos arriba del taxi agarra y dice –Oiga, que hay una tarifa fija para salir del aeropuerto. A dónde van?– Al Ibis Cornellá, respondió mi marido. –Ah, pues vamos a ver, msnlksjld, son dos y llevamos una, saldrá como en 20 euros… (silencio). Y el hombre agarra y dice –Entonces?– Y nosotros: ¿Entonces qué? –Que si los llevo. Que luego al llegar la gente se mosquea porque les cobro diferente a lo que marca el taxímetro!– Y Juanjo, sí, sí. Que vamos!!

Yo ya no dije nada, pero la verdad es que me quedé bastante mosca. Si hay “una tarifa especial” por qué no hay un cartel que lo indique? O por qué el güey que agiliza la cola de los taxitomantes en el aeropuerto no lo dice? Y por qué el taxista, con la mala leche que tiene encima, se espera a que estemos todos arriba del taxi, maletas incluidas, para “informarnos” de la “situación”? Porque vaya si tenía mala leche!! El camino al hotel fue de lo más folklórico. Pitándole a alguno que va lento, gritando pestes al que se atraviesa… Es ahí en donde se nota la diferencia entre una gran ciudad, como Barcelona, y una pequeña, como Vitoria. Llegamos a una glorieta y el hombre dice –¿Y dónde coño está el hotel? Yo pensé que estaba aquí!!– Y entonces, en ese momento (y no antes) agarra y pone el GPS que lleva activado en catalán (como marca la norma… supongo). Cuando termina de marcar la ruta el cacharro yo veo un cartel que está JUNTO A NOSOTROS que indica que “Hotel Ibis pa’llá =>”. Y se lo informo al taxista. Pero nada. Ni puto caso. El hombre agarra y dice –Que no, que no. Que ya me dirá el cacharro por donde…–. Pues nada. Que agarra y da la vuelta a la glorieta, despacito, porque no tiene como muy claras las instrucciones de la vocecilla en catalán (será que no lo entiende del todo??? =P) y entonces un güey que va pasando le pita y el hombre ni tardo ni perezoso grita –Anda y vete a la mierda, so capullo!!!–. Pues nada. Que el coñogpscatalán nos lleva por una zona industrial que a esas horas de la noche está como muy desierta y con gran elegancia y todavía en catalán nos indica que hemos llegado a nuestro destino. Y el taxista –¿pero cómo que ya hemos llegado? Si aquí no hay nada!!!– Total, se da la vuelta en “u” y volvimos por donde llegamos. Cruzamos la calle por la que veníamos y seguimos derecho. Total que al final dimos con el susodicho hotel, que está más bien escondidillo. Pero está.

Al llegar al hotel el güey agarra y dice –Ahora vuelvo, que tengo que arreglar un asuntillo allá adentro–. Bonita manera de hacerse güey para no ayudarnos con las maletas, encima que cobra por bulto el muy cabrón. Eeeeen fin.

Nos recibe un hotel amable y limpio, con una calefacción tan potente que hasta yo me empecé a agobiar. Menos mal que sólo era en los pasillos. La temperatura de la habitación era más agradable. Dejamos las maletas ahí y bajamos a cenar. Nos quedaba como media hora antes de que cerraran el changarro cenil. Había un “menú del día”. Elegí el gazpacho y el spaguetti con setas y mi marido pidió “otro de lo mismo”. El gazpacho como muy rojo y aunque no era el mejor que me he comido estaba bueno. Pero cuando me trajeron el spaguetti… INGUEASURACIÓNPARACAMIONEROGORDO!!!! Aquello era como para una semana. Señorita, disculpe. Verá usted. Es que yo soy mortal… Y el de Juanjo, pues otro de lo mismo, como él bien había dicho. Con un spaguetti comíamos los dos y nos sobraba!!!

Y como dicen en la tele cuando te dejan con las ganas: CONTINUARÁ...